WWW.com y el MAC de Panamá: Cruce de Caminos …relato autobiográfico de Rogelio Pretto

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Gregorio preparado — 1981
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Capitulo — 2

El llamado del deber

 

 

Con el pasar de páginas en secuencia, mi atención oscilaba entre impulsos extremos. Por un lado ansiaba llegar ya mismo a la sección donde se me mencionaba en “Cien Años de Arte en Panamá“. Por el otro me era irresistible detenerme, y contemplar, serenamente, el bello desfile del arte de los artistas de mi país que iba revelando cada volteo de hoja.

Nada cómo observar una obra de arte en su estado físico original, pero “Cien Años de Arte en Panamá“ nos ofrece, en sus finas gráficas, un hermoso muestrario del enriquecedor producto pictórico de mi hermandad de artistas panameños del siglo que recorre el libro. Aunque recordaba un buen número de los trabajos ilustrados, observarlos en tan fina colectiva despertó en mi un claro sentir de orgullo panameño. Para mi, en ese sentido, se centra el encanto patriótico de “Cien Años de Arte en Panamá“.

En cada foto leía la reseña que identifica el título y fecha de la obra ilustrada. Después, dentro del texto narrativo le prestaba atención a los nombres u otros textos en negrilla. No leía lo demás. Eso lo haría después, cuando le diera la lectura completa que merecía la historia que nos relata el libro. En esos momentos prefería concentrarme en la riqueza de variantes de estilos y temas pictóricos evidenciada en la variedad de trabajos artísticos presentados. Interés especial le presté a las gráficas del periodo que incluye mi participación en el escenario del arte de mi país.

Cada imagen la estudiaba con lupa en mano. El paulatino avance lo había iniciado en las páginas 26 y 27, encabezadas por dos obras de Sinclair. La 28 y 29 portaban dos de Trujillo. Pasé la página y encontré a Dutary de un lado y Zachrisson del otro. Después siguieron Arboleda, Herrerabarría y Sánchez, también uno en cada página. La 36 reveló trabajos de Briceño, Calvit y Chong Neto. Y así con variables de tamaño y ubicación, marchaba la procesión de bellas creaciones de artistas panameños que en su mayoría he conocido, algunos ya no con nosotros, cómo Alfredo, Mario, Desiderio, Manuel y Julio, quienes en todo momento me brindaron aliento positivo y amistoso en los inicios de mi carrera y cuando en pocos años logré afianzarla.

Cuando di con la página 44, enseguida pensé en mi año de nacimiento, y sentí aquello que nos causa encontrarnos con coincidencias menores como esa. Momentos después, terminando de estudiar EL JUEGO DE LA PELOTA de Alvarado, noté con la lupa, justo abajito de la gráfica de la pintura, el título EL AUGE ARTÍSTICO DE LA POST-REVOLUCIÓN. Y debajo “El primero de octubre de 1968, Panamá celebró la posesión de Arnulfo Arias Madrid quién había sido elegido presidente de la República por tercera vez.”

Mi reacción inmediata fue acreditarle, ya no a la coincidencia, sino a la sincronicidad, la ironía de cómo lo que acababa de leer define el tiempo del preludio de mi propia historia como artista panameño.

 

De 23 años en 1968, trabajaba en las dos pequeñas empresas que mi padre dirigía en silla de ruedas desde que yo era un bebé, una en Zona Libre y la otra en Calle 7 y Avenida Herrera, al lado del parque 5 de Noviembre, donde de niño jugué cantidades. El año anterior, desde California, donde vivimos desde el 64, Judy y yo habíamos regresado a Panamá, casados y con hijita de casi año y medio. El viaje de San Francisco a Colón lo hicimos con Elvita, prima de Judy, y nuestra Chari en un Pontiac GTO nuevecito de dos puertas que mucho sufrió del viaje. Desde México, nos tocaron precarios y largos tramos de carretera en muy pobre estado, incluyendo el trayecto desde nuestra frontera hasta Santiago. Apenas llegamos a Colón pasamos donde mi padre para que conociera a Judy y a su nieta.

No tardamos en abordar el tema de los comicios electorales del 68, donde Arnulfo y los Panameñistas se enfrentarían a Samudio, y su Alianza del pueblo. Mi padre era Arnulfista desde los tiempos en que Arias fue derrocado por segunda vez en 1951. En 1964 se postuló para diputado de Colón y su efectiva campaña prácticamente le aseguró su triunfo. Pero, dadas las mañas electorales de nuestro país en esos días, donde las diputaciones eran repartidas mediante la practica de “la primera vuelta, etc.”, mi padre le cedió el primer turno a “Bebi” Salas, también Panameñista, y sin impedimentos ambulatorios, el factor que mi padre tomó muy desinteresadamente en cuenta al cederle el paso a su amigo colonense.

Para la campaña electoral del 68, mi viejo contaba con un crecido prestigio y reconocimiento como Panameñista prominente de la provincia de Colón. Su estatus provino en parte de la amistad y la afinidad intelectual que durante años compartió personalmente con Arnulfo, pero principalmente por y la simpatía del gran número de colonenses de todo rango social que votaron por su diputación en el 64. Cuenta me di de su estatus en el partido, cuando en aquel entonces le serví de chofer para llevarlo a la convención nacional de los Panameñistas del 4 de Enero, celebrada en un teatro en la vecindad de la plaza 5 de Mayo y cuyo nombre no recuerdo. Mi viejo presidiría la convención.

Cuando lo llevaba en su silla por el pasillo del cine hacía el escenario, anunciaron su llegada por los altos parlantes y el público rompió en nutrido aplauso. Varios hombres enseguida saltaron del escenario a recibirnos, y alzaron a mi padre con todo y silla y lo acomodaron en su sitio donde tomó el micrófono y extendió sus saludos al público.

No di con mi viejo de nuevo esa noche, hasta después de la manifestación en el parque Santa Ana, a donde Arnulfo, al finalizar en el cine, y a pié, dirigió a los delegados donde lo recibió una multitud de 50,000. Mi padre, fue con él, llevado en su silla por copartidarios que se turnaban.

Y después, a días de la convención, nos llegó el 9 de enero, y la nación se concentró en lo que despertaría el sentir nacionalista más contundente en la historia de nuestra república. Yo viajaría a finales de mes a Dallas, Texas, a ingresar a la universidad donde habían enviado a mi novia. De Dallas nos trasladamos pronto a San Francisco, y en la segunda mitad del 67, habríamos regresado a Colón, con nuestra hija con miras a formar un nuevo hogar y enfrentar los retos del futuro en nuestro país. Teníamos 20 y 19 años.

 

En parte por rebeldía, pero principalmente porque las elecciones del 68 serían los primeros sufragios en que yo participaría como votante, resistía unirme a la causa Panameñista simplemente por los íntimos vínculos de mi padre con Arnulfo y su partido. Quería primero estudiar el panorama electoral antes de comprometer mi respaldo y voto. El carácter prepotente de Arnulfo me disgustaba, y repudiaba a los Arnulfistas de rango con ansias de volver al poder para aprovecharse de “la papa” del gobierno. Pero a los Liberales de Samudio, viciados también por la corrupción, no les veía ni ton ni son de oportunidad para movilizar cambios y mejoras concretas de progreso para el país. Por su lado, los Demócrata Cristianos, los terceros en el tinglado, con González-Revilla a su frente, no mostraban la fuerza política necesaria para vencer, y así generar los sensatos beneficios para la nación que promulgaban en su plataforma política.

Una vez entrada la campaña, debido a su distracción y gastadera de dinero que no tenía, por no poder decir no, a mi padre le comenzó a ir mal en los negocios, y también de salud. Cuando lo visité apenas llegamos a Colón del largo viaje desde California, lo encontré bastante adelgazado y desmejorado. No lucía como el David Pretto del 64. Roly, mi hermano, me lo había advertido indirectamente en una llamada que me hizo desde Miami cuando hacía conexión de vuelo rumbo al mercado del Caribe que servía la empresa de Zona Libre. Me llamó para pedirme que regresara y le prestara ayuda con las compañías. “El viejo se está cansando”, me dice, y “solo no puedo con todos los problemas que hay con las empresas”. Me necesitaba en Colón, dijo, para que juntos le hiciéramos frente al creciente vació gerencial que estaba dejando nuestro padre. ¿Y Negro? le pregunté. Era el sobre nombre de nuestro tío, el menor de los cuatro hermanos de nuestro padre. Desde que se graduó de secundaria trabajaba en las empresas. “Max no da la talla, tu sabes que no. Te necesito, lika bradda.”

Cuando llegó Judy del trabajo, le informé de mi decisión…y no le cayó bien la noticia.

En California éramos felices con nuestra hijita y nos agradaba mucho la región de California en que vivíamos, en particular el clima singular del área de la bahía San Franciscana. Jovencitos éramos, pero solos e independientes, nos manteníamos satisfactoriamente libres, sin ayuda alguna ni control de nadie. Yo había ingresado a la universidad en la ciudad de Hayward, y Judy trabajaba en el departamento de Lenguas Extranjeras de la universidad, que quedaba en el Edificio de Música. Judy, pianista excelente de puro oído, le encantaba el ambiente y la gente de su trabajo. Pero, yo sentí que mi deber era acudir al llamado de mi hermano. Necesitaba que metiera el hombro por el bien y el futuro de la familia.

Para equiparme de conocimientos académicos en materia de manejo de empresa, me propuse a completar dos trimestres más en la universidad, tomando cuanto curso podía de administración de negocios, dejando por fuera materias innecesarias a ese fin. Así contaría con al menos dos años de cursos universitarios enfocados en el tema empresarial que servirían la causa a que había sido llamado.

Lo que nos esperó en Colón, y los hirvientes sucesos políticos que se dieron pronto después de nuestra llegada, sentó el precedente que me indujo a volver hacer arte, algo que no había hecho en años.